jueves, 15 de febrero de 2018

Carta del Obispo Mons. Ginés García Beltrán con motivo de la Cuaresma

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La Cuaresma es, un año más, la invitación a volvernos a Dios que nos llama a emprender el camino que conduce hasta la Pascua. Es este un camino peculiar, porque al tiempo que avanzamos, Él nos sale al encuentro, y toma la iniciativa. Cada etapa del camino cuaresmal es ya la experiencia de la salvación que acontece en la muerte y resurrección del Señor. En la Cuaresma se respira ya la Pascua.


  A lo largo de estos próximos cuarenta días vamos a escuchar repetidamente la palabra, conversión. Y conversión es la gracia de salir de nosotros para girarnos, abrirnos, centrarnos en Dios. No es fácil reconocer que vivimos encerrados en nosotros mismos, en nuestras ideas e intereses, en nuestras preocupaciones y en nuestros proyectos. Convertirse es romper las amarras que impiden el encuentro con Dios y con los hermanos. Y esto no se da por un acto de la voluntad: yo puedo, y lo voy a hacer. La conversión es algo más, exige abandono y confianza, además del acto de la suprema libertad: amar.

  La prueba más clara de la necesidad de conversión es el enfriamiento del amor. Cuando el corazón se endurece, y lo sentimos en las palabras, en los pensamientos, en las intenciones, y hasta en las mismas acciones, entonces necesitamos poner calor que derrita el hielo del corazón, necesitamos conversión. 

  El Papa Francisco ha tomado como tema de su mensaje para Cuaresma de este año las palabras del evangelio de san Mateo: “Al crecer la maldad se enfriará el amor en la mayoría” (24,12). En un contexto ya de pasión, de sufrimiento, se nos advierte sobre los falsos profetas que se aprovechan de las emociones humanas para esclavizarnos en un mundo de mentiras y de soluciones fáciles e inmediatas. “Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar”.

  Sería, por eso, un buen comienzo para la Cuaresma volver al amor primero, sentir en nosotros el amor de Dios que nos recrea constantemente, que nos ofrece la oportunidad de volver a empezar, que borra y olvida todo aquello que nos avergüenza y nos impide seguir avanzando. La vida nos puede pesar por las dificultades de camino, por el peso que muchas veces soportamos, pero si alguien nos anima, nos acompaña y muestra la meta, entonces todo cambia y nace la esperanza. Por eso, el tiempo de Cuaresma es un tiempo de esperanza, es un tiempo de renovación de la fe.

  Claro que para emprender y seguir el camino cuaresmal que es don, nosotros necesitamos poner los medios. Tres son los que nos propone la Iglesia: oración, limosna y ayuno.

  La oración. Es el momento de pararnos, centrarnos en nosotros mismos y abrir el corazón a Dios. Como dice Teresa de Jesús, orar es hablar con el que sabemos que nos ama. La oración es diálogo de amor. Ante alguien que sabemos que nos ama nos acercamos con libertad y confianza, nos mostramos como somos, porque sabemos que no podemos engañarlo, pero además no queremos hacerlo. En la oración se descubren las mentiras del corazón y buscamos el consuelo que todos necesitamos y que sólo podemos encontrar en Dios. La oración es camino de liberación y de entrega. Os invito a orar con la Palabra de Dios.

  La limosna. Nos hace pensar en el otro y en sus necesidades, al tiempo que nos libera de la pretensión de que nosotros y lo nuestro es lo sólo importante. La limosna reconoce en el otro a un hermano, es un gesto que va más allá de la beneficencia, es un don fraterno. Hemos de superar esa visión de la limosna como algo humillante, porque con ella mostramos nuestra superioridad sobre los demás, sobre los pobres, dándoles lo que nos sobra, las migajas de nuestra mesa. Dice el Papa en su mensaje: “Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida”. Así, la limosna es la expresión del compartir, y no sólo lo que tenemos, sino principalmente lo que somos. Para los cristianos es también un modo privilegiado de expresar la comunión.

  El ayuno. No ayunamos para mostrar nuestra fuerza de voluntad, ni nuestra capacidad de renuncia. Ayunamos para poner el corazón en lo importante, para decirnos a nosotros mismos que el centro de nuestra vida ha de estar en Dios, para desterrar el egoísmo y la violencia que anidan en el corazón humano. Al mismo tiempo, al ayunar sentimos en nuestra propia carne lo que sienten los desposeídos de todo, los que carecen de lo indispensable, los que sufren hambre, marginación o exilio. Cada uno tendrá que pensar de qué ha de ayunar. “El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre”, nos recuerda el Papa.  

  Os invito, queridos hermanos y hermanas, a vivir este tiempo santo de la Cuaresma mirando al Señor y a su Pascua; que la experiencia de su amor nos fortalezca para ser sus testigos ante los hombres; que nos acerquemos a su rostro encarnado en tantos hombres y mujeres que sufren, para darle el consuelo de la fe y la esperanza.

  En el camino cuaresmal nos encontramos con María, la Virgen; que ella nos acompañe y nos conduzca hasta Cristo, nuestro Bien.

  Con mi afecto y bendición.


+ Ginés, Obispo electo de Getafe
                           y AD de Guadix




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