viernes, 12 de agosto de 2016

"Prójimos", parábola versionada por el párroco de Diezma, Pablo Rodriguez

¡Estúpido! -vociferó el conductor del vehículo que me precedía, mientras sacaba el brazo por la ventanilla y lo blandía con la palma de la mano extendida. Y casi invadiendo el talud de la cuneta, pitando estruendosamente, rebasó con un brusco volantazo al pequeño turismo negro que estaba atravesado en la carretera con una de sus puertas abierta, y que era el responsable del repentino e inexplicable atasco que se había producido medio kilómetro antes. No era de esperar tal retención un domingo de verano por la mañana a primera hora.


Y yo tenía prisa. No había calculado bien el tiempo necesario para llegar puntualmente a sustituir en la misa de un pueblo cercano al compañero sacerdote que estaba de vacaciones, y salí demasiado tarde de casa. Aprovechando la detención decidí conectar el manos libres para tratar de comunicar mi retraso y que los feligreses no desesperasen, pero fue en ese momento cuando el coche que iba delante aceleró, quedando despejada la vía tras el pitido intenso que bajaba de frecuencia a medida que se alejaba.

Atasco terminado. No merecía la pena llamar ya. Si no surgiese ningún otro imprevisto, llegaría con el tiempo justo. Y mientras cambiaba de marcha para acelerar volví la vista hacia el coche que había causado la incidencia.

Era un viejo utilitario con matrícula de Granada K, la carrocería roja desgastada, sin brillo y con algunos restregones en los laterales, el morro todo lleno de barro y los cristales con tal cantidad de salpicaduras que era casi imposible divisar el interior fuera del área barrida por los limpiaparabrisas. Estaba arrancado, en punto muerto, y emitía un ruido entrecortado parecido al de la respiración agitada de alguien que, sin tener una buena condición física, se ha visto obligado a correr unos metros de forma inesperada. Vibraba visiblemente como si fuese a desarmarse en cualquier momento, en una polirritmia irreconciliable entre la oscilación mecánica y el parpadeo de las luces de emergencia.

Junto al coche, agachado cerca de la puerta abierta, se encontraba el conductor. Era un muchacho muy joven, vestido pulcramente con pantalón corto y camiseta oscura, con el pelo negro rizado y bien peinado. Tenía el brazo derecho extendido, la palma abierta hacia abajo; y moviendo los dedos y silbando llamaba a un perro.

No era un perro de raza, o al menos no de raza reconocible, con el pelaje negro rizado y no muy corto. Estaba sucio y magullado, lleno de polvo y de restos de hierbajos enredados en los abundantes nudos del pelo. A la llamada del joven vacilaba, se acercaba curioso o temeroso, y a continuación se alejaba dando un brinco, para adelantarse de nuevo a olisquearlo con más desconfianza que interés, presa de la angustia y de la desorientación.

Comprendí que el perro había sido abandonado, y mientras vagaba por la carretera muerto de miedo, el joven del coche negro lo habría divisado. Puede que incluso hubiese faltado poco para haberlo atropellado. El chico, compadecido de él, había parado allí mismo dificultando deliberadamente la circulación para evitar que algún vehículo que marchase con exceso de velocidad lo arrollara, y ahora intentaba atraerlo para, seguramente, montarlo en su propio coche y ponerlo a salvo. Si el joven tenía prisa, como yo, para acudir a sus asuntos, o si se ponía en peligro a sí mismo o a los demás por detenerse en medio de la vía, o si se convertía en objeto de los gritos e insultos de los otros conductores que lo increpaban, no parecía importarle lo más mínimo, conmovido ante la peligrosa situación de desamparo del animal.

Quizá pretendía llevárselo a casa, y allí darle agua y algo de comida, bañarlo y cepillarlo, acostarlo en una manta vieja dentro de un cesto, en un mullido cojín, en algún butacón o hasta en su propia cama, y al día siguiente buscar un veterinario que lo examinase y le proporcionara los cuidados requeridos, curándole sus heridas y magulladuras. Quizá tratarían de leer los datos del microchip, si es que lo tenía, para localizar a su amo e informarle de que lo habían encontrado, o denunciarlo a las autoridades por presunto abandono. O quizá lo adoptaría, dándole un nombre nuevo y otro hogar, y se lo quedaría en adelante como su mascota: su perro.

En cualquier caso, el gesto generoso del muchacho me pareció admirable, y me pregunté si yo habría sido capaz de detenerme y recoger al animal, si habiendo salido de casa unos minutos antes, lo hubiera encontrado yo; o si habría continuado mi viaje sin detenerme para no llegar tarde a la iglesia, confiando en que otro conductor se hiciese cargo.

Todo esto pasó por mi cabeza en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, en un destello de emoción que conmovió mis entrañas, hasta que mi atención tuvo que dirigirse de nuevo a la vía al reanudar la marcha.

Y mientras proseguía mi viaje y contemplaba la escena ya por el espejo retrovisor recordé aquella parábola de Jesús en el Evangelio: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó...».

Y pensé: «¿Cuál de los tres se ha comportado como un verdadero ser humano?».

Y me dije: «Anda, vete y haz tú lo mismo». 
Pablo Rodríguez Cantos

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