jueves, 25 de agosto de 2016

Comienza el tradicional Quinario en honor al Stmo. Cristo de la Fe de Diezma

El Quinario está centrado en un libro que lleva por título: "Dios no es bueno: alegato contra la religión"

Como cada año por estas fechas el pueblo de Diezma celebra sus fiestas patronales en honor del Santísimo Cristo de la Fe. 


Tiempo de encuentro de los vecinos, familiares y amigos en estos días de descanso y de diversión, y también oportunidad para celebrar la fe que convierte a una buena parte de la localidad en pueblo de Dios y familia cristiana.

Es ya tradicional el quinario vespertino que precede a la ofrenda floral, la misa solemne y las dos procesiones que constituyen la parte nuclear de la fiesta religiosa. Este año el quinario ha estado centrado en la presentación de un curioso libro que Pablo Rodríguez, párroco del pueblo, conoció por casualidad hace unos meses en una visita a una gran librería en Madrid y nos lo cuenta de esta manera:

"El libro se llama "Dios no es bueno: alegato contra la religión", y fue publicado en 2007 por Christopher Hitchens. El autor fue un periodista inglés nacionalizado estadounidense, ateo militante bien conocido por diversas publicaciones y actividades combativos contra la religión y sus instituciones. En la primera línea del libro reconoce: "He estado escribiendo este libro durante toda mi vida y me propongo seguir escribiéndolo", declarando así lo que luego fue cierto debido a su temprana muerte en 2011: que la obra contiene la gran síntesis final de su reflexión antirreligiosa.

- ¿Y no había -puede preguntarse alguien- un tema menos piadoso aun y más blasfemo para predicar el quinario de unas fiestas católicas? ¡Vaya elección la del párroco, del cual esperamos al menos que haya hablado mal del libro y lo haya descalificado por completo!

Yo también me lo pregunto, y yo mismo me respondo, porque no es mi estilo actuar o decidir sin una buena razón. Lo cuento con una anécdota: hace pocos días oí decir a un señor que estaba tomando una cerveza en el bar del pueblo y que comentaba un reciente atentado del Daesh que todo es culpa de la religión, que todas las religiones son igual de detestables y que no son más que inventos del hombre que no traen nada bueno. Pues bien: todas esas afirmaciones constituyen tesis importantes en la obra de Hitchens que nos ocupa. ¿Simple coincidencia? También muy recientemente el papa Francisco ha tenido que explicar que la actual situación internacional de guerra no declarada no es, en el fondo, una guerra de religiones, sino que es debida a otros intereses mucho más mundanos.

De modo que, ya la defienda el polemista inglés, ya la proclame mi vecino en el bar, o ya la desmienta el papa en un avión, la idea de que la religión es nociva para el sujeto humano y peligrosa para la sociedad, la impresión de que saca lo peor del hombre, está ampliamente extendida por la conciencia colectiva de nuestra humanidad civilizada. Por eso me parece que la elección del tema, que por otra parte ya estaba hecha con anterioridad, está plenamente justificada.

El propósito de la predicación del quinario ha sido mostrar resumidamente cuál es el mecanismo lógico que articula la exposición de Hitchens, y si mi valoración personal de la obra es negativa, no lo es por ningún prejuicio (ser yo creyente y sacerdote, o ser quienes me escuchaban los fieles del pueblo cristiano), sino por una consecuencia lógica: aunque en la contraportada de la obra leemos "Crhistopher Hitchens presenta el argumento definitivo contra la religión", hay que decir que, si bien el libro está a gran escala bien planteado (o planeado) a nivel lógico, contiene tantos errores, tantas observaciones desactualizadas, tantas afirmaciones tendenciosas y posee un tono tan agresivo o polémico, que no consigue su objetivo. Vamos, que podría estar escrito igualmente por mi buen y poco instruido vecino. No, señor Hitchens: puede que la religión sea mala, pero no lo será por lo que usted dice.


Las primeras alarmas

"Dios no es bueno" es una posible traducción de "God is not Great" (título original), pero realmente el libro no trata sobre Dios (esa cuestión la dejó el autor para 2009 con su libro "Dios no existe"). Como buen ateo sincero, Hitchens no puede considerar a Dios ni bueno ni malo por la sencilla razón de que para él no existe. El subtítulo "alegato contra la religión" es mucho más sincero: aunque Dios no exista, lo que sí existe es una colección de ideas sobre él en la mente del ser humano que han imprimido ciertas características de primera magnitud en todas las civilizaciones que han habitado o habitan este mundo. Esta particular configuración de la humanidad en torno a una idea vacía de contenido real es la que sufre aquí los encendidos ataques del autor.

Y no solo encendidos, sino con frecuencia virulentos. Y aquí reside el primer punto débil del libro (de los muchos que por desgracia contiene): su furibundo tono polémico que, realmente, no aporta nada a la argumentación. No necesariamente tiene más razón el que más grita. Pero diremos a su favor que Hitchens no se comporta aquí como filósofo (que no lo era) ni como escritor (que lo era parece ser de oficio), sino como periodista (lo que realmente era).

De hecho su experiencia como periodista le ha hecho contemplar con horror toda suerte de crueldades que los seres humanos hemos cometido recientemente en nombre de Dios y de la religión; experiencias que se encuentran ampliamente representadas en las narraciones que contiene el libro, y que constituyen sin duda para mí uno de los dos elementos más valiosos de la obra (más tarde hablaremos del otro... si podemos). En este sentido "Dios no es bueno" se puede entender como un funesto catálogo de maldades recientes cometidas en nombre de la religión. Las historias que narra el autor, como las vividas por él en las ciudades que llama “de las seis B” (Belfast, Beirut, Bombay, Belgrado, Belén y Bagdad), son, en lo que tienen de hechos verídicos, una auténtica vergüenza (por decirlo de modo suave) para los creyentes de las religiones implicadas; y, por extensión, entenderá Hitchens, para todos los hombres religiosos o creyentes. Quien deba recurrir a las torturas de la Inquisición para criticar a la Iglesia está, por desgracia, muy poco puesto al día.

Pero Hitchens no juegua del todo limpio al narrar tales atrocidades. No digo que mienta al contar los hechos, pero sí que no siempre lo cuenta todo. En el capítulo 13, titulado "¿Sirve la religión para que las personas se comporten mejor?", nos informa sobre el trasfondo religioso del genocidio de Ruanda en 1994 y la responsabilidad de los católicos ruandeses en el exterminio de la población tutsi. Lo concluye con estas palabras:

“Yo era un prudente admirador del difunto papa Juan Pablo II [...] A su muerte, el papa Juan Pablo II fue elogiado entre otras cosas por la cantidad de disculpas que había pedido. Entre ellas no se encontraba, como debía haber sucedido, un desagravio por el aproximadamente un millón de personas pasadas por la espada en Ruanda” (pp. 215-216; para todas las referencias la edición que utilizo es la edición en español por Debolsillo, Barcelona 2014).

Pero olvida citar Hitchens la carta que el mismo papa dirigió al presidente de la Conferencia Espiscopal de Ruanda el 14 de Marzo de 1996 y que, después de establecer que la Iglesia como tal no es responsable de la masacre (ella no la ordenó), lanza una durísima condena contra los miembros de la Iglesia que la ejecutaron:

“La Iglesia como tal no puede ser responsabilizada de las faltas de aquellos miembros suyos que han obrado contra la ley evangélica; ellos serán llamados a rendir cuentas por sus actos. Todos los miembros de la Iglesia que han pecado durante el genocidio deben tener el coraje de afrontar las consecuencias de las acciones que han cometido contra Dios y contra el prójimo” (la carta está disponible en la web vaticana en francés


y en italiano

https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/it/letters/1996/documents/hf_jp-ii_let_19960314_episc-conf-rwanda.html ; enlaces consultados y verificados el 23/08/2016; la traducción es mía).

En una primera lectura la condena puede parecer demasiado suave teniendo en cuenta la gravedad de los hechos. Pero para quien esté habituado al lenguaje técnico del Magisterio eclesiástico actual estas palabras resultan en realidad terribles: a diferencia de los concilios anteriores, que contenían largas listas de cánones que condenaban a quienes desobedecieran las disposiciones conciliares con la famosa fórmula "sea anatema", el Concilio Vaticano II realiza una única pero firmísima condena al hablar no de una cuestión doctrinal, sino de algo tan mundano como la guerra total:

“Teniendo esto en cuenta, este Concilio, haciendo suyas las condenaciones de la guerra total expresadas por los últimos Sumos Pontífices, declara: Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones” (GS 80)

Nótese la evidente similitud entre las palabras del papa “acciones cometidas contra Dios y contra el prójimo” y el “anatema” de Gaudium et Spes “crimen contra Dios y la humanidad”. Si lo traducimos desde el lenguaje eclesiástico a nuestro lenguaje común, lo que está diciendo Juan Pablo II acerca de los hechos de Ruanda viene a significar “eso no tiene perdón de Dios”. Y a mí me parece altamente sospechoso que una persona tan informada como Hitchens pase por alto esta carta del papa.

Y lo malo es que no es el único caso. La madre Teresa de Calcuta es para Hitchens algo así como un odioso y detestable producto de marketing de la Iglesia Católica que ya intentó desmontar en un libro de 1995 que lleva el ofensivo título “La postura del misionero: madre Teresa, teoría y práctica”. En la obra que nos ocupa despacha a la monja con solo dos consideraciones: su oposición general al divorcio salvo en el caso de su amiga Diana de Gales (pp. 31-32) y la realmente extraña frase “la contracepción es el equivalente moral del aborto” con el corolario del autor “un condón o una píldora son también armas homicidas” (p. 245). De su dedicación efectiva, más allá de motivaciones o ideas, a los más pobres de la India, nada de nada. ¿No les parece raro? Concedámosle el beneficio de la duda al menos hasta que leamos el libro sobre Madre Teresa: quizá no ha querido aburrirnos repitiendo lo que ya había escrito...

En todo caso, estos dos ejemplos ya hacen saltar las primeras alarmas: si en estos dos casos ha silenciado descaradamente partes fundamentales de la verdad, ¿por qué no habría de hacerlo en los demás casos de atrocidades de la religión que incluye en el libro? Es el segundo punto débil: la exposición tendenciosa de hechos verídicos.


La religión no es buena

Y junto a él, el tercero, que es muy clásico: identificar el ser con el deber ser (problema ya planteado por Hume), o, más específicamente aquí, confundir lo normal con lo patológico. Se trata de una delicada operación racional que, si se hace bien mediante un adecuado proceso inductivo, es vital en el método científico para descubrir y enunciar las leyes de la Naturaleza; pero si se hace mal, la inducción se convierte en una tremenda falacia lógica y en una traición intelectual. En palabras del propio Hitchens:

“Las tendencias sincréticas del monoteísmo y los antepasados comunes de estos relatos significan de hecho que la refutación de una de ellas comporta la refutación de todas" (p. 116). "Si uno comprende las falacias de una religión revelada, comprende las de todas” (p. 146).

El libro no se limita solamente a la crítica de la religión cristiana o de los monoteísmos, sino que arremete contra la mayoría de religiones con grandes repercusiones en la civilización humana (salvo las religiones primitivas, a las que sólo descalifica indirectamente), pero lo cierto es que para el autor todas las religiones son iguales (entiéndase “igual de malas”). Este proceder que identifica la esencia de la religión con sus patologías, con el fin de descalificarla, es totalmente imperdonable. Nadie dice que a partir de casos enfermos o deficientes no pueda obtenerse cierta información acerca de la estructura subyacente (Freud fue capaz de explorar el inconsciente humano y construir un modelo teórico válido del mismo a partir de las patologías de los pacientes que acudían a su consulta, y obtuvo grandes conocimientos sobre la mente sana o, al menos, normal en sentido estadístico), pero no es intelectualmente honrado afirmar que Dios no es bueno por el hecho de que tenga hijos malos; o que la religión y sus instituciones estén corrompidas de raíz por los abusos de sus miembros. Es lo que señalaba Juan Pablo II en la carta citada anteriormente.

“La religión no es buena” debería llamarse el libro, que en sus más de trescientas páginas no reconoce ni una sola contribución positiva o valiosa de la religión a la humanidad. Así que todo lo hemos hecho mal. Ni siquiera las grandes obras del arte religioso se libran de la invectiva:

“La mitad de los espléndidos edificios de Roma jamás se habrían erigido si la venta de indulgencias no hubiera sido tan lucrativa: la propia basílica de San Pedro se financió mediante una única ofrenda especial de este tipo” (p. 234).

¡Qué necios y torpes somos! ¿Habremos hecho algo bien alguna vez los creyentes? Como la cuenta atrás de Abraham en Sodoma: ¡señor Hitchens, por lo menos las cantatas de Bach!

Hitchens hace gala aquí, a mi juicio, de un radicalismo excesivo. Bertrand Russell fue mucho más prudente y más realista cuando publicó en 1931 su ensayo “¿Ha hecho la religión contribuciones útiles a la civilización?”:

“Mi punto de vista ante la religión es el de Lucrecio. La considero como una enfermedad nacida del miedo, y como una fuente de indecible miseria para la raza humana. No puedo, sin embargo, negar que ha contribuido en parte a la civilización. Primitivamente ayudó a fijar el calendario, e hizo que los sacerdotes egipcios escribieran la crónica de los eclipses con tal cuidado que con el tiempo pudieron predecirlos. Estoy dispuesto a reconocer estas dos contribuciones, pero no reconozco otras” (B. Russell, “Por qué no soy cristiano”, Edhasa, Barcelona 2008, p. 43; a propósito de la recopilación de ensayos sobre la religión del filósofo y matemático Bertrand Russel "Por qué no soy cristiano", obra muy notable y ya clásica dentro de la literatura dedicada a la crítica de la religión, debo decir que su sombra planea sobre el libro que estoy comentando; Hitchens es un claro deudor de Russell, “el anciano hereje”, a quien, sin embargo, sólo cita tres o cuatro veces de pasada, en un ejemplo más de poca honestidad intelectual; no obstante, la confrontación entre “Dios no es bueno” y “Por qué no soy cristiano” es ineludible, y favorable a éste último con clara diferencia).

Siguiendo la estela de Russell, Hitchens también va pasando revista a determinados temas importantes del universo religioso de las más diversas religiones: las religiones tradicionales o primitivas (a las que alude muy de pasada), las grandes religiones orientales, y los tres grandes monoteísmos. No nos vamos a sorprender si comprobamos que, de todas ellas, la religión cristiana es la que sale peor parada y sufre los ataques más violentos en el libro.


El mecanismo lógico del libro: la argumentación convergente

Resulta muy curioso descubrir cuál es el mecanismo que usa Hitchens para elaborar su refutación racional de la religión: la argumentación convergente, una metodología fundamental -qué ironía- en la investigación teológica.

La argumentación convergente funciona reuniendo argumentos parciales a favor de la afirmación que se quiere defender. Por separado, ninguno de ellos es definitivo (de lo contrario, él solo bastaría, como en Matemáticas); pero en conjunto dotan a la afirmación estudiada de un grado satisfactorio de verosimilitud o de elevada garantía racional. Es un método muy empleado no sólo en Teología, sino también en muchas disciplinas humanísticas, donde muestra todo su valor y su sentido.

Sin embargo, en el caso de la obra que nos ocupa, el procedimiento fracasa por los defectos de los argumentos que se aportan. De manera resumida podemos organizar los argumentos de Hitchens en dos grupos:

Argumentos de tipo existencial: generalizan como propio de la religión (en singular) ciertas particularidades de religiones (en plural) históricas o concretas sin apoyarse en un buen análisis fenomenológico del hecho religioso en sí y de las religiones en especial, y confunden las patologías de las religiones con rasgos esenciales de la misma. Estos son los argumentos más numerosos en el libro, y también los más débiles y los más cargados de defectos documentales y lógicos. Por ejemplo: la exégesis bíblica desactualizada (ignora Hitchens la estructura de la Biblia en tradiciones y el valor antropológico del mito más allá de su carácter no histórico), las falacias deontológicas (la religión en sí no debe confundirse con lo que vemos en sus realizaciones fácticas, especialmente las más degeneradas), las relaciones entre razón y fe expuestas en términos decimonónicos (ignora Hitchens documentos fundamentales como el Concilio Vaticano II o la encíclica “Fides et Ratio” de su admirado Juan Pablo II), las pruebas imposibles de comprobar (“si se hiciese una estadística estoy seguro de que resultaría...”), las acusaciones cruzadas (“vale, pero tú más” para defenderse de las atrocidades que también se han cometido en nombre de la razón)...

Argumentos de tipo esencial: mucho más interesantes y valiosos que los anteriores, intentan establecer el cáracter intrínsecamente malo de la religión independientemente de sus realizaciones históricas. Quieren justificar la tesis de que la religión es mala en sí misma y, en consecuencia, perniciosa para el ser humano y la civilización. De entre ellos sobresalen los argumentos de tipo moral... o, al menos, podrían haber brillado: éste es, para mí, el segundo elemento de valor que incluye el libro... hasta cierto punto.

Y es que aquí por desgracia pierde Hitchens una oportunidad extraordinaria para aventurarse en uno de los temas más apasionantes con que puede enfrentarse un homo faber que además sea sapiens: la fundamentación del deber. Pero aquí se nota más que en ningún otro punto del libro que el autor no es filósofo, ni teólogo, ni antropólogo... sino periodista.

El tema de la fundamentación del deber nos lleva a preguntarnos acerca del porqué de nuestras acciones: por qué debemos hacer tal cosa, y no debemos hacer tal otra; o en otros términos, por qué ciertas cosas están “bien” y otras están “mal”. ¿Quién o qué tiene autoridad para decidir eso de forma indiscutible e iluminar en consecuencia el obrar humano? El hombre que acepta la existencia de Dios (un referente absoluto) tiene ya resuelta, al menos en una medida importante, esta cuestión: es bueno o malo, es lícito o ilícito según Dios lo haya dicho. Es lo que llamamos una fundamentación religiosa del deber o de la moral.

Pero naturalmente en nuestros días esta fundamentación está ampliamente discutida y rechazada: basta no creer en Dios, o poner en tela de juicio las vías de comunicación con él (la religión) para que la fundamentación religiosa del deber quede seriamente comprometida cuando no descartada. Además, y aun aceptándola, no resulta fácil para el hombre de hoy una fundamentación del deber que sea completamente externa al sujeto moral, pues desde hace al menos dos siglos y medio el ciudadano occidental medianamente formado no se va a conformar fácilmente con una moral impuesta desde fuera y que no tenga unas hondas raíces conscientes en el propio sujeto que actúa y reflexiona sobre su acción individual y su responsabilidad colectiva.

Pero todo este apasionante problema queda excluido de la reflexión de Hitchens. Él, como periodista, repito, que no pensador, hace lo que puede señalando que la fundamentación religiosa de la moral es impropia del ser humano del siglo XXI. Se limita a señalar el problema, pero no aporta el menor atisbo de solución seria. ¡Vaya por Dios! Eso sí, no puede resistir la tentación de darnos una “receta” que me sorprende más cuanto más la leo:

Sobre todo necesitamos una Ilustración renovada que se fundamente en la proposición de que el objeto de estudio adecuado de la humanidad es el hombre y la mujer. Esta Ilustración no necesitará depender, como sus etapas predecesoras, de los heroicos avances de unas pocas personas con mucho talento y excepcionalmente valientes. Está al alcance de una persona media. El estudio de la literatura y la poesía, tanto por sí mismas como para adentrarse en las eternas preocupaciones éticas de las que se ocupa, puede deponer fácilmente el escrutinio de unos textos sagrados de los que se ha demostrado que están corrompidos y que constituyen una amalgama de materiales diversos. El desarrollo de la investigación científica sin límites y la facilidad de acceso a nuevos hallazgos para miles de personas mediante herramientas electrónicas sencillas revolucionarán nuestros conceptos de investigación y desarrollo. Y lo más importante: el divorcio de la vida sexual y el temor, de la vida sexual y la enfermedad y de la vida sexual y la tiranía pueden tratar de emprenderse por fin mediante el requisito único de que desterremos del discurso a todas las religiones. Y todo esto y mucho más, por primera vez en la historia, está a la vista, cuando no al alcance, de todo el mundo (p. 307-308).

Me sorprende y me inquieta. El modelo adecuado de sociedad que Hitchens prescribe para nuestra civilización se basa en una reflexión moral de tipo fantástico (más literaria que filosófica), en proporcionar un teléfono móvil de última generación a cada habitante del planeta, y en el ejercicio libre e irresponsable (en el sentido de “sin preocupaciones”) de la sexualidad; con un cuarto pilar, además, que no es la libertad religiosa, sino la prohibición (destierro dice él) de toda forma de religión (al menos en el foro público).

Hay que reconocer, al hilo de esta propuesta, que efectivamente en muchas ocasiones los poetas y escritores poseen intuiciones morales valiosísimas, que pueden superar en calidad y autenticidad incluso a las predicaciones de los sacerdotes y de los maestros de la moral; pero no es razonable dejar la reflexión moral sistemática en manos exclusivamente de los artistas, como parece estar sugiriendo Hitchens, el cual olvida, por otra parte, que los antiguos textos sagrados que él descalifica son también a menudo obras literarias de suma calidad.

Concedamos también que las nuevas tecnologías al alcance de todos pueden facilitar y mejorar la vida del ser humano; pero no seamos ingenuos pensando que con eso ya está todo arreglado, pues ya tenemos experiencia de lo que es una sociedad de consumo dejada a su libre albedrío.

Y celebremos, por último, que el hombre civilizado actual ha superado antiguos miedos y viejas represiones que antes se cernían sobre su vida sexual como una negra tormenta; pero no parece acertado dotar a la sexualidad humana de una autonomía tal que, desmarcándose de una personalidad madura donde se halle bien integrada, se comporte como un caballo desbocado en el interior de cada individuo.

Evangelizar la religión

Así, la propuesta de esta nueva sociedad ilustrada que nos brinda el autor, de ese nuevo paraíso terrenal del que la religión ha quedado desterrada, no puede convencernos. Concluimos, pues, que Crhistopher Hitchens no sólo no proporciona en este libro “el argumento definitivo contra la religión", como reza la contraportada, sino que además de ofrecer una argumentación desactualizada y de contenido inauténtico, propone un modelo de sociedad antirreligiosa que, por suerte o por desgracia, ya hemos conocido fracasado y envuelto en las violencias de un largo siglo XX.

Y, sin embargo, cuánta gente parece compartir muchas de estas ideas y lo nuclear de su propuesta. Ya sean ciertos partidos políticos, ya sea mi vecino en el bar. Confío en que las observaciones que he compartido estos días con mis feligreses de Diezma (mis sufridos feligreses, lo reconozco) nos ayude a todos a reflexionar profundamente sobre el papel que la religión cumple en nuestra vida personal y social, sobre las patologías y desviaciones que pueden afectarle, y sobre las bondades que nos alcanza.

Llegados a este punto final de la presentación del texto de Hitchens, los cristianos, creyentes y personas religiosas, podríamos preguntarnos: ¿qué puede aportar nuestra fe a esta reflexión? Y la respuesta la tenemos en Diezma continuamente delante de los ojos, y en los días de las fiestas más cerca aún delante de la grada del presbiterio: la feroz crítica que hace Hitchens a la religión se queda en una minúscula protesta ante la imagen del Cristo de la Fe.

En efecto: no hay mayor crítica de la religión que la imagen de Jesús crucificado. Un hombre que pasó haciendo el bien, que proclamó con palabras y cumplió con obras la voluntad que Dios, que cumplió la ley divina con una plenitud y madurez inigualables, fue ejecutado por el rechazo de las autoridades religiosas de su propio pueblo. Y Dios lo permitió guardando un terrible silencio que le hizo incluso exclamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Olvida Hitchens incluir en su obra, en su compendio de atrocidades que la religión comete en nombre de Dios, la crucifixión de Jesús.

Por eso los discípulos del Crucificado no nos amedrentamos ya. Nos duelen y nos avergüenzan como humanos todas las maldades cometidas con la excusa divina; no las queremos y las denunciamos; pero no tomamos la opción de desterrar la religión de nuestras vidas y de nuestro pueblo como se despide a un apestado incurable: nuestra opción se llama “evangelizar la religión”.

Sí: la religión también debe ser evangelizada, y mucho, igual que todas las realidades de la vida humana, tanto personal como social. Evangelizar la religión significa reorientar (convertir) todas las mediaciones e instituciones religiosas para que sean medios eficaces de comunicación (comunión) entre Dios y el hombre, podando aquellas realidades que han ido con el tiempo naciendo retorcidas y buscando otros fines menos santos, y fortaleciendo el tronco fundamental cuya profunda raíz es fundamento de nuestra fe.

La Iglesia no sólo es agente o sujeto de evangelización: también es objeto y destinataria de la misma. La ya clásica máxima “Ecclesia semper reformanda” (Iglesia siempre en reforma) no debe entenderse, creo yo, ante todo en un sentido doctrinal, moral o institucional, sino más bien en un sentido profundamente evangélico: Iglesia siempre evangelizándose para estar siempre evangelizando, a imagen de Jesús que vivió toda su vida en un proceso de continua conversión; conversión que tuvo en Él no un sentido moral (pasar del pecado a la Gracia), sino un sentido teologal: profundizar en el Misterio de un Dios que sentía como su Padre, y que tras una etapa inicial de entusiasmo y presencia dio paso a una incomprensible ausencia y a un silencio terrible que culmina en el Calvario. Jesús tuvo que aprender, a gritos y con lágrimas (como reconoce la carta a los Hebreos), que Dios es Dios y el hombre es hombre; y que la religión, con toda su carga de humanidad, puede llevarnos a Él o conducirnos a la perdición. Por eso se jugó su vida entera por la causa del Evangelio y nos ofreció una nueva manera de relacionarnos con Dios, con el prójimo y hasta con uno mismo; se jugó la vida en esta causa, y la perdió a manos de una religión enferma que no estaba dispuesta a tolerar más opción que su propia deformidad; una religión que se mostró cerrada a la novedad evangélica.

Pero Dios lo resucitó al tercer día, y desde ese momento sus discípulos comenzaron a vivir de una manera nueva, sirviéndose de los medios e instituciones de la religión no como un fin o un signo de identidad cultural o social, sino como un conjunto de sendas diversas dentro del único gran camino que es Cristo Resucitado.

Al final de todo lo expuesto aquí, y reconozco que es bastante, si les parece pueden quedarse sólo con una brevísima frase: “evangelizar también la religión”. Piénsenlo... De verdad".

Pablo Rodríguez Cantos

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