domingo, 17 de abril de 2016

Carta Pastoral del Obispo de Guadix en la Jornada de Oración por las Vocaciones

Este domingo, IV del tiempo de la Pascua, celebramos la 53ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada de Vocaciones Nativas. Una oportunidad más para mirar nuestra vida de fe como una vocación.



Efectivamente, Dios nos ha llamado a todos a participar de su misma vida y nos ha hecho herederos de su Reino. Por el bautismo nos hemos incorporado a Cristo y hemos entrado a formar parte de su Cuerpo que es la Iglesia. Cristo e Iglesia son las referencias necesarias que tenemos para mirar nuestra vocación a la vida cristiana, y en ella a esa específica vocación a la que todos, sin excepción, somos llamados.

  Ninguna vocación en la Iglesia se puede entender sino desde la mirada compasiva de Dios, que se manifiesta en su Hijo, rostro de la misericordia del Padre. Cada vocación es una mirada llena del amor de Dios. La vocación es llamada, y toda llamada manifiesta una elección, una predilección, un interés amoroso. Somos elegidos por Dios en su Hijo. Dios se fija en nosotros y nos invita a estar con Él, a vivir con Él, a ser uno con Él. En este sentido su llamada es de predilección, no en orden a nuestros méritos sino a su bondad. La vocación nace de lo más profundo del corazón de Dios y es una llamada al amor, a reproducir en la grandeza y pobreza de nuestra vida el amor en el que hemos sido llamados. Son muchas las escenas del Evangelio donde aparece Jesús mirando a los que habla, a los que cura, y a los que llama. Los mira con amor y les dice. “Sígueme”. Es difícil resistirse a la mirada de Jesús, es difícil resistirse al amor. Dejarse mirar por el Señor es la experiencia que funda la vida de un hombre o una mujer y lo lanza a la fascinante aventura del seguimiento del Señor.

  Fundamental es también en la vocación la mediación – las mediaciones humanas-. Y la primera e insustituible mediación es la Iglesia. La vocación, como nos recuerda el Papa en su mensaje para esta Jornada, nace en la Iglesia, y en ella crece, y es la Iglesia quien la sostiene. Al margen de la vida de la Iglesia no puede haber verdadera vocación, ni pueden florecer las vocaciones de especial consagración. La escasez de vocaciones que padecemos en el momento presente es el fruto de una falta de vida cristiana en los jóvenes y en la familia. ¿En qué campo crecerá la planta de la vocación sino en el de la Iglesia? Una Iglesia que acoge y acompaña, una Iglesia que anuncia con pasión y audacia al Señor Jesús, que lo celebra en los sacramentos y lo vive en la caridad. Nuestras comunidades tienen que ser lugares de referencia para los jóvenes, al menos comunidades que los interrogan  siendo experiencia contracorriente de un mundo sin Dios.

  Os invito a todos, queridos hermanos, y especialmente a vosotros sacerdotes, consagrados, seminaristas, como lo hago conmigo mismo, a hacer un profundo examen de conciencia: ¿Ven los jóvenes en nosotros a ese Cristo que los mira con amor y los llama? ¿Ven en nuestra Iglesia la casa acogedora que se ha convertido en hogar donde todos vienen a beber el agua fresca de un Dios que nos abraza con misericordia? ¿Les mostramos suficientemente que el amor es el triunfo de la verdad, un amor que lleva a la verdad de la vida? ¿Al ver nuestra vida se sentirán atraídos a seguir al Señor como nosotros intentamos hacer cada día?

  No me cabe ninguna duda que todos queremos ser buenos cristianos, que los sacerdotes y los consagrados nos esforzamos cada día en vivir en fidelidad a nuestra vocación y misión. Pero no podemos quedarnos en lo que hacemos, hemos de aspirar a más. La vida cristiana se lleva mal con la acomodación. Nuestra vida no tiene meta en esta tierra; estamos llamados a tener corazón inquieto y apasionado para buscar el “más”. Ojalá los jóvenes vean en nosotros coherencia, autenticidad, ilusión y alegría. Ojalá vean en nosotros hombres y mujeres de Dios, que abiertos al Misterio son mediación para que otros recorran ese mismo camino, siempre junto.

  Estoy profundamente convencido de la fuerza de la oración. No nos cansemos de rezar por las vocaciones, y por los jóvenes. Con nuestra oración venzamos a Dios que está deseando ser vencido en favor de los hombres. Y no olvidemos ser testigos de lo que somos, que nuestras vidas sean testimonio vivo del Señor que nos ha llamado, y sigue llamando sin cansarse.

  “Que María interceda por las comunidades cristianas, para que sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del Pueblo santo de Dios” (Francisco).

  Con mi afecto y bendición.

+ Ginés, Obispo de Guadix

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