jueves, 28 de enero de 2016

"Evangelizar con los villancicos" por el párroco de Darro, Pablo Rodríguez (VII)

Séptima parte: conclusiones

Como prometía al principio, termino esta serie de escritos, tras el apresurado recorrido histórico, compartiendo una colección de valoraciones personales sobre el tema que nos ha ocupado. No está muy claro por qué, pero el hecho es que la fiestas navideñas parecen invitar al pueblo cristiano a permitirse ciertos excesos que en otras ocasiones del año son improcedentes. 


Quizá se deba al carácter tierno de la imagen del Niño en el pesebre, a la estampa de la Sagrada Familia que nos remite a nuestros más remotos recuerdos y sentimientos infantiles, a lo bucólico de los animales y los pastores...

Es un hecho que la Navidad es una fiesta de naturaleza muy permisiva (todas las fiestas lo son en alguna medida, pero ésta mucho más): incluso en las catedrales e importantes capillas españolas se admitían, con motivo de estas fechas, la clase de licencias que hemos comentado, y que sólo se prohibieron de forma efectiva tras muchas décadas de discusiones.

Los villancicos navideños, comparados con los de otras fiestas litúrgicas, eran mucho más libres y bullangueros, incluían elementos populares, cómicos y vulgares impensables de ordinario en la iglesia.

Esto contiene, desde mi punto de vista, al menos una información interesante y buena: la alegría humana más auténtica, expresada en el canto, el baile, la comida y la bebida en común... no debe de estar reñida con el Misterio del Dios-con-Nosotros.  Realmente todas esas categorías forman parte no sólo del repertorio de los villancicos, sino también del lenguaje, los relatos y tradiciones de la Sagrada Escritura. Y esto es una buena noticia: Dios no está tan lejos de lo cotidiano y de aquellas cosas que nos alegran objetivamente la vida.  Por eso, cantar las cosas buenas de aquí abajo en un contexto de fiesta religiosa nos recuerda que el orden actual del mundo (caído pero redimido, y desde luego el único que tenemos) es un lugar propicio para el encuentro entre Dios y el hombre.  Y esta buena noticia la proclaman los villancicos con desbordada alegría.

Pero naturalmente todo tiene un límite. Si abusamos de la expresión de la realidad inmanente del mundo, centrando nuestro canto y nuestra celebración en lo que somos y en quiénes somos, en lo que tanto nos gusta aquí abajo olvidando que se puede mirar al cielo, en realidad estaremos cantando más nuestros gustos y preferencias que la salvación de Dios; nos estaremos cantando más a nosotros mismos que a Él.  Y ahí ya no hay encuentro salvador, sino simple exaltación de un humanismo narcisista y corto de miras donde Dios no existe; o, si existe, no significa nada.  Si la Virgen es gitana y el Niño rociero, San José puede ser socio del Betis y los Magos unas cabareteras de vodevil...  qué mas da.  Al final, cada uno se canta a sí mismo.  La verdad del relato evangélico del Dios-con-Nosotros, por-nosotros y para-nosotros sucumbe ante un carnaval donde el protagonista es un hombre acicalado según los fundamentos indiscutidos (o a lo peor, de las modas) de cada época o de cada sociedad, de forma que los villancicos se convierten en un espejo donde el ser humano se mira para, ¡oh, sorpresa!, verse a sí mismo.  “Espejito, espejito, ¿quién es el más bonito?”  Y por mucho que uno se mire el ombligo, siempre será redondo.  O no...

Porque resulta que, curiosamente, ese espejo es uno de esos espejos de barracón de feria que nos devuelve una imagen deforme de nosotros mismos: ni todos los andaluces somos rocieros, ni nos pasamos todo el día de cantibailes aflamencados, ni la fuente tiene envidia de nada, ni la Virgen vendió ninguna mula...  Si acaso, una “moto”, la que nos intentan vender cada Navidad con el sello de “el verdadero espíritu navideño”, “las auténticas tradiciones de tu tierra”...  convirtiendo la fiesta del Dios-con-Nosotros en la excusa para un enorme, solitario e irreal Nosotros.  No sé si será casualidad, pero creo que no hay mejor imagen de esta Navidad pervertida (desviada de sus fines originales) que el árbol navideño: un cadáver vegetal (o una imitación inerte) donde cada uno cuelga lo que le han dicho que hay que colgar porque “es Navidad”.  Del mismo modo, en el relato de la Navidad (o en sus despojos más o menos descafeinados) colgamos nuestras propias vivencias, nuestras propias inquietudes y nuestras propias miserias, y los cantamos a bombo y platillo.

Junto a este mecanismo oculto, que podríamos llamar “proyección” desde un punto de vista psicológico y antropológico, podemos adivinar una cierta dosis de lo que, también con el mismo vocabulario, llamaríamos “mecanismo de defensa”.  No es descabellado pensar que un intenso complejo de culpabilidad planea sobre ciertos modos de entender la espiritualidad cristiana al menos desde que San Anselmo inició y Santo Tomás de Aquino sistematizó la teoría de la satisfacción: el Hijo de Dios se hace hombre para reparar nuestros pecados y satisfacer a un Dios ofendido.  Esto, en versión navideña, se traduce en las condiciones infrahumanas del nacimiento de Cristo, con fríos, hielos, aboandono, deshaucio...  Cristo no sólo muere inhumanamente, sino que también nace miserablemente en un comedero de bestias por nuestra causa.  Ello se convierte inconscientemente en el pueblo cristiano en una pesada carga mental (inconsciente) y moral, tal y como recogen explícitamente las letras de los villancicos:

“Debía nacer el niño / en una cuna de flores / y ha nacido en un pesebre / lleno de paja y 'grazones'”

“Con razón sus dicen, payos, / vosotros tenéis mal sino, / que ha nacido el Niño en cueros / y no queréis vestirlo”

Nuestro inconsciente colectivo intenta procesar o manejar estos sentimientos compartidos de culpa mediante el procedimiento de la antítesis, intentando repararlos con una sobredosis de visitas y regalos sobreabundantes en el portal de Belén para paliar la soledad y los sufrimientos del Salvador: todos van al portal a llevar pan, vino, leche, miel, requesón, cantes, bailes, y hasta el corazón entero...  Desde esta perspectiva podemos afirmar que los villancicos contribuyen a la buena salud mental y espiritual del pueblo cristiano, pues son una forma muy inteligente de manejar el sentimiento de culpabilidad que, desbocado, sería enormemente destructivo.

Y en ambos casos, como digo, lo que hacemos es cantarnos a nosotros mismo, más que cantar a Dios y a su Salvación.  Y rellenamos las lagunas del relato evangélico con nuestras propias invenciones.  Una vez más el mecanismo de los apócrifos entra en juego.

Y eso no es bueno ni para el culto ni para la evangelización.  Quizá, como decimos, para la salud mental o espiritual, pero sólo eso.  Puede que sea, en ocasiones, un potente generador de elementos culturales, pero es que la misión de la Iglesia no es generar cultura ni preservarla (aunque de hecho sea un agente cultural de primera magnitud), sino evangelizar y llevar a los hombres al encuentro con Dios en Jesús.  Con razón la Iglesia, como hemos visto, ha experimentado (y lo sigue haciendo) esa relación ambivalente, de amor-odio, hacia los villancicos: no es nada fácil mantener ese equilibrio, siempre inestable, entre la Gloria de Dios y la vida del hombre, por usar la clásica expresión de San Ireneo.  Pero ahí, en lograr y mantener ese equilibrio, reside la habilidad cristiana, el arte de vivir en Cristo.

Creo que el villancico, con tan rica historia musical tanto a nivel culto como en el ámbito popular, podría dar mucho más de sí y ser tratado mucho más dignamente para que pueda ser un auténtico medio evangelizador en la Navidad de hoy.  Pero para ser evangelizador, primero hay que ser evangelizado: ¡¡¡evangelicemos los villancicos!!!

Sí: evangelizar LOS villancicos para evangelizar CON villancicos; para llenarlos de Dios, llenarlos de evangelio; para darles unas letras que cuenten la historia maravillosa que Dios escribió ayer con nuestros padres y sigue escribiendo hoy con nosotros; para dotarlos de músicas de tanta calidad y dignidad que nadie pueda ridiculizarlos a ellos ni ridiculizarnos con ellos; para ofrecer a la Iglesia y a la sociedad un patrimonio poético y musical a la altura del anuncio que tenemos entre manos...

A día de hoy no existe, creo yo, un corpus adecuado de villancicos que, además de reunir estas cualidades y otras también deseables, esté al alcance de la mayor parte de comunidades cristianas.  O son tan cultos que casi nadie puede cantarlos, y si se cantan en concierto, aburren y suenan a músicas de funeral; o son tan vulgares y adocenados que no dan la talla para anunciar la novedad del Evangelio.  Esto nos lleva a un asunto de mayor envergadura como es la problemática de la música litúrgica en nuestros días, de la cual el tema de los villancicos no es más que un humilde capítulo.  Pero esto excede ya el propósito de estos textos.

Ojalá que con ellos haya logrado hacer saltar alguna alarma.  Si no, me conformo con que quienes hayan leído esto hayan podido disfrutar de estas músicas que, en algún momento, quisieron comunicar a todos el Evangelio del Dios-con-Nosotros.


Referencias y bibliografía

Las citas literales y muchas de las ideas expuestas en la parte histórica de esta serie de textos se han tomado de las siguientes obras:

I. Arellano, Los textos poéticos para las obras musicales de Iribarren, en J. C. Labeaga Mendiola, Juan Francés de Iribarren. Compositor (1699-1767), Sangüesa-Zangoza 1999.

P. Capdepón, El P. Antonio Soler y el cultivo del villancico en El Escorial, Ediciones Escurialenses, Madrid 1993.

A. Gallego, "Manuel de Falla: Cantares de nochebuena", introducción y edición al cuidado de A. Gallego, Madrid, Manuel de Falla Ediciones, 1991. 

L. Garbini, Breve historia de la música sacra, Alianza, Madrid 2009.

J. V. González Valle, Música litúrgica con acompañamiento orquestal, 1750-1800, en M. Boyd, J. J. Carreras (ed.), La música en España en el siglo XVIII, Cambridge University Press, Madrid 2000.

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G. Pestelli, Historia de la Música.  7. La época de Mozart y Beethoven, Sociedad Italiana de Musicología, Madrid 1986.

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G. Tejerizo Robles, Villancicos barrocos en la Capilla Real de Granada (2 volúmenes), Sevilla 1989.

A. Torrente, Las secciones italianizantes de los villancicos de la Capilla Real, 1700-1740, en M. Boyd, J. J. Carreras (ed.), La música en España en el siglo XVIII, Cambridge University Press, Madrid 2000.


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