martes, 30 de junio de 2015

Reflexión del sacerdote Paco Alarcos sobre la nueva encíclica del Papa

Termino de leer a toda prisa, sin entrar en un estudio reposado y analítico, la Encíclica del Papa Francisco “Alabado seas”, sobre el “cuidado de la casa común”. El poso que deja, por una parte, es el de haber paseado por una síntesis de sabiduría humana, profundidad espiritual, mano tendida, búsqueda sincera, cuestionamiento del sistema político  y económico, ausencia de prejuicios, sintonía con la ciencia e incorporación de lo que mucha gente piensa en la vida cotidiana. 


Por otra, la de estar ante el primer texto de la Iglesia elaborado desde una conciencia global, descentralizado, donde las periferias toman la palabra para indicar el destino, el rumbo, a un Occidente centralista.
  
Si se presta atención a las citas a pie de página la voz de los rincones, y de los arrinconados, de este planeta tienen un protagonismo sin precedentes. Francisco asume el latido del corazón de quienes padecen las consecuencias de un desarrollo depredativo convirtiéndose en su altavoz. El progreso no puede seguir vinculado hacia adelante, sino hacia la corrección de las inequidades que genera en el medio ambiente donde acontece la vida humana y no humana. No es sostenible progresar sin que la justicia y el bien común, por encima de los intereses individuales y la propiedad privada, generen relaciones solo de utilidad. Urge establecer nuevas alianzas: “Hay discusiones sobre cuestiones relacionadas con el ambiente donde es difícil alcanzar consensos.

Una vez más expreso que la Iglesia no pretende definir las cuestiones científicas ni sustituir a la política, pero invito a un debate honesto y transparente, para que las necesidades particulares o las ideologías no afecten al bien común”, afirma en el nº188. El criterio ético de relación, y de decisión, ha de ir más allá de lo útil, de lo que sirve para algo: “La felicidad -afirma Francisco en el nº 223- requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida”. El “Oikos” es frágil y sus ocupantes también. “Exige sentarse a pensar y a discutir acerca de las condiciones de vida y de supervivencia de una sociedad, con la honestidad para poner en duda modelos de desarrollo, producción y consumo”, según el nº138.

El principal problema ecológico es el hambre y la pobreza, seguido por el acceso al agua potable, el cambio climático, la perdida de la biodiversidad, la explotación de los recursos naturales de todos en beneficio de unos pocos, la contaminación que pone en riesgo la salud individual y colectiva con nuevas enfermedades y nuevas toxicidades. El envenenamiento progresivo también afecta a una cultura, a  un modo de vida, a una forma de entender la relación del hombre consigo mismo, con sus semejantes y con el resto de vivientes.

El hombre no es el centro, dueño, explotador-depredador del resto de la creación, es parte de ella. Es el cuidador responsable de algo que no le pertenece y al que él sí pertenece. Debería tener una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático, acudiendo a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la espiritualidad.

La encíclica es una provocación a creyentes, cristianos y no cristianos, a no creyentes, ateos o agnósticos, ante esta frágil casa compartida en la que habitamos todos. Es un dardo a la bondad que anida en el rincón de cada cual para que despliegue toda su creatividad en favor de todos los vivientes, entre los que se encuentra él mismo. Es cierto que Francisco lo hace desde la tradición cristiana, su mismo nombre se lo debe al de Asís, aquel que abrazaba como hermano al sol, a la luna, al lobo, a la flor y a la misma muerte. Ante este bien común vital global, y su fragilidad, hay que ser capaces de ir (o venir) por encima de los prejuicios al encuentro de la condición compartida de vivientes, que también son murientes, de mujeres y hombres de buena voluntad. Tras esto voy a iniciar una segunda lectura más pausada, buscando más matices y acentos. Confío que quien lea esto se anime a hacer, por lo menos, la primera.

                        Francisco J. Alarcos

Profesor de Teología Moral y Director de la Cátedra Andaluza de Bioética de la Facultad de Teología de Granada

(Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, el 21 de junio de 2015)

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